PRESENTACIÓN
La noticia fue brutal. La Quilla estaba embarazada. No se dobló porque era de esas mujeres hechas de palo fierro, forjadas con los golpes de la vida y rociadas con la bendición de Dios. “¡Quilla… Quilla! ¡Mataron a Chencho! ¡Allá… allá, venga!”
Quilla cerró los ojos, la sangre le subió a la cabeza y clarito vio el rostro, los ojos de Crescencio, Chencho, quien por la mañana se despidió de ella. Quilla tuvo un presentimiento y sólo lo miró alejarse. Nunca imaginó que ya no habría un regreso, un mañana para ellos. Cuando la mujer llegó al lugar, lo vio tirado, muerto, apuñalado.
La noticia no la mató, pero sí a sus gemelos que en su vientre ya tenían cuatro meses de gestación. No murieron de inmediato, poco a poquito alcanzaron a su padre. Para entonces, La Quilla ya tenía otro dolor, miró al cielo, ese cielo aún con olor a pólvora, con crepúsculos sangrientos, sangre de revolucionarios rebeldes, constitucionalistas y federales y de Chencho quien murió al perder la otra batalla, su gran afición por las mujeres. Era mujeriego, La Quilla lo sabía, pero qué hacer cuando él, Crescencio, El Chencho se la robó cuando ella apenas iba a cumplir sus 15 años de edad.
María González Sánchez, La Quilla, se refugió en el cariño de sus hijos, Hortensia y José Eraclio López González . Sólo ellos, sus hijos, una niña y un niño sabían, pero no entendían, el misterio inocente de tener un padre asesinado de 37 puñaladas y bañado en agua hirviendo para que no sangrara, porque el objetivo del o los asesinos era tirarlo en algún lugar y desaparecerlo. Los rumores en el pueblo coincidían con que tarde o temprano ésa sería la suerte de Chencho por su inquebrantable vicio por las mujeres.
La Quilla estaba devastada, sabía que tenía que enfrentar un nuevo destino, sus ganas inconmensurables de vivir, de salir adelante, de pelear, de enfrentar las adversidades no sólo le abrieron los ojos, sino también el instinto de comenzar a caminar los senderos de Dios. Se hizo amiga del Santo Padre y con gran decisión tomó a sus hijos de la mano y se fue, cuando otra mujer, la madre de Chencho, la miró con frialdad y desdén, y fue clara, contundente y precisa. Miró a La Quilla con sus hijos y le dijo: “Muerto el perro, se acabó la rabia… además, la camioneta de mi hijo Chencho se la queda su hermano. A ti nada.”
La Quilla recordó a Crescencio cuando se la robó, ella tenía 15 años de edad y le prometió que con él no le faltaría nada, pero ahora estaba sin él. Y sin nada.
La Quilla nació el 28 de mayo de 1918 en el poblado de Pozo Hondo, en el municipio de Villa de Cos, Zacatecas. Ese mismo año de su nacimiento, pero en otros lugares de México y del mundo, también nacieron Nelson Mandela, Juan José Arreola, Mary Kay, Alí Chumacero, Guadalupe Pita Amor, Luis Aguilar El Gallo de Oro. Ese mismo día las efemérides precisaban que Ucrania se independizó del reino ruso, y con la firma del Tratado de Versalles, en Francia, terminó la Primera Guerra Mundial que dejó más de 15 millones de personas muertas, víctimas de la irracionalidad humana, de la ambición de poder de líderes banales, depredadores y asesinos de la historia, del presente y del futuro.
María González Sánchez, La Quilla, fue poeta, caballeranga y rejoneadora, reconocida como una gran amazona. Nació recién terminada la Revolución Mexicana, que dejó 1 millón 400 mil muertos entre 1910 y 1917, mientras que, del otro lado del mundo, Europa quedó también devastada al término de la Primera Guerra Mundial. Por si fuera poco, ese mismo año 1918, México fue azotado por la peste negra, conocida como la fiebre española, la cual causó la muerte de medio millón de personas en el país. Estas dos heca tombes (Revolución Mexicana y fiebre española) mermaron la población, sin duda, muy mal augurio para La Quilla y la mujer mexicana quien durante muchos años sufrió discriminación de género, no contaba con los mismos derechos que tenía el hombre. Sin embargo, La Quilla, como otras muchas mujeres mexicanas, fueron las auténticas iniciadoras del movimiento feminista en México. Hoy, han ganado igualdad en casi todos los terrenos sociales, políticos y laborales, pero la peor segregación y violencia en muchas de ellas las siguen padeciendo en su propio hogar y sus principales verdugos, abusadores y explotadores son sus parejas.
Tras la Revolución Mexicana murieron muchos hombres y, desde entonces, la población femenina no ha sido superada por el sector masculino —en cantidad—, aunque penosamente la mujer desde entonces y desde siempre no contó con los mismos derechos que el hombre.
En esos tiempos la mujer valía poco, el hombre se cotizaba mejor, incluso, en estos tiempos modernos, se conservan muchos de estos estatus de exclusión para limitar a la mujer, quien desde siempre ha sufrido el machismo y la rivalidad de la propia mujer; de un matriarcado que, sobre todas las cosas, incluso sobre la mujer misma, defiende al hijo, por ser hombre, y aplastan, discriminan, explotan a la mujer, por ser mujer.
Sin embargo, hoy en día, la mujer, heredera de aquellos malos usos y costumbres de valorar más al hombre que a la mujer, ha cambiado; las jóvenes se manifiestan y salen a las calles a exigir igualdad de derechos y, también hoy en día, en la Constitución mexicana ya no existe esa situación de abuso, desprecio y discriminación para las mujeres, aunque la violencia de género se ha convertido en un nuevo Jinete del Apocalipsis.